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Archive for 23 febrero 2010

Clarieece “Precious” Jones vive una vida idílica. Es la invitada obligada a las mejores galas, es vestida por diseñadores top, tiene un joven novio de piel clara que la saca a pasear en su fantástica moto, es estrella, es famosa. No tiene problemas, ninguno. Hasta que despierta y vuelve, de sopetón, a su realidad.
Y la realidad es que Precious (Gabourey Sidibe) vive un infierno. Su padre, el novio de su “ejemplar” espécimen de madre, es también el padre de sus dos hijos (uno es retrasado y le llaman Mongo), su mamita (Mo’Nique), en cuestión, abusa física y mentalmente de ella; una bruja holgazana que manda a su hija al colegio sólo por recibir el cheque del Seguro Social (el Welfare, el opio para el pueblo). Precious tiene dislexia y la envían a un colegio especial (perdiendo de paso el Seguro). Para rematar es obesa mórbida, pobre, vive en el gueto del Harlem, es negrísima como la noche, y es 1987. Todo mal. Pero su Asistente Social y su profesora en la nueva escuela la ayudarán a superarse.
Y no es una historia de superación tal como a menudo nos la presenta Hollywood. Acá la Asistente Social no es Erin Brockovich, sino una demacrada y casi irreconocible Mariah Carey (con un desempeño más que creíble), y su profesora no es un símil del personaje de Michelle Pfeiffer en Mentes Peligrosas, sino una muy cansada y realista Señorita Blu Rain (Paula Patton). Si bien es cierto que Precious presenta y recorre un sendero parecido a los filmes de guetos y superaciones, el tono, el alma a la película se lo da su toque de cruda, amarga y visceral realidad. Y ya que estamos llegando al mes de la entrega de los Premios de la Academia (más conocidos como los Oscares), me permito presentar a mi favorita como Actriz de Reparto: Mo’Nique.
Si bien Precious compite (a duras penas con grandes nombres y títulos) en tres categorías importantes (Mejor Película, Actriz Principal y Actriz Secundaria o de Reparto), es sin lugar a dudas que esta última la que realmente le otorga a la película esa veta de culto. Mo’Nique es una comediante reconocida en los Estados Unidos, pero su labor en Precious no es la de hacer reír. Como cual gran actriz de carácter, nos entrega un personaje repulsivo en su sinceridad retratando a un enorme segmento de la población afroamericana que llega a doler por su exactitud. Si los subtítulos fueran exactamente fieles en su traducción, créanme que la carga emotiva sería en un 50% mayor.
Con buen manejo de la historia (basada en la novela Push de la autora Sapphire) y una factura acorde con la producción, Precious, de Lee Daniels, es una cinta que estremece a muchos niveles, y que, a pesar de la época diegética, todavía nos muestra grandes problemas (educación, salud, sociedad) que aún no se encuentran solución y que veremos reflejados en nuestra propia idiosincrasia.
Absoluta y totalmente recomendada.

!https://kinoptico.files.wordpress.com/2010/02/precious.jpg! Clarieece “Precious” Jones vive una vida idílica. Es la invitada obligada a las mejores galas, es vestida por diseñadores top, tiene un joven novio de piel clara que la saca a pasear en su fantástica moto, es estrella, es famosa. No tiene problemas, ninguno. Hasta que despierta y vuelve, de sopetón, a su realidad.
Y la realidad es que Precious (Gabourey Sidibe) vive un infierno. Su padre, el novio de su “ejemplar” espécimen de madre, es también el padre de sus dos hijos (uno es retrasado y le llaman Mongo), su mamita (Mo’Nique), en cuestión, abusa física y mentalmente de ella; una bruja holgazana que manda a su hija al colegio sólo por recibir el cheque del Seguro Social (el Welfare, el opio para el pueblo). Precious tiene dislexia y la envían a un colegio especial (perdiendo de paso el Seguro). Para rematar es obesa mórbida, pobre, vive en el gueto del Harlem, es negrísima como la noche, y es 1987. Todo mal. Pero su Asistente Social y su profesora en la nueva escuela la ayudarán a superarse.
Y no es una historia de superación tal como a menudo nos la presenta Hollywood. Acá la Asistente Social no es Erin Brockovich, sino una demacrada y casi irreconocible Mariah Carey (con un desempeño más que creíble), y su profesora no es un símil del personaje de Michelle Pfeiffer en Mentes Peligrosas, sino una muy cansada y realista Señorita Blu Rain (Paula Patton). Si bien es cierto que Precious presenta y recorre un sendero parecido a los filmes de guetos y superaciones, el tono, el alma a la película se lo da su toque de cruda, amarga y visceral realidad. Y ya que estamos llegando al mes de la entrega de los Premios de la Academia (más conocidos como los Oscares), me permito presentar a mi favorita como Actriz de Reparto: Mo’Nique.
Si bien Precious compite (a duras penas con grandes nombres y títulos) en tres categorías importantes (Mejor Película, Actriz Principal y Actriz Secundaria o de Reparto), es sin lugar a dudas que esta última la que realmente le otorga a la película esa veta de culto. Mo’Nique es una comediante reconocida en los Estados Unidos, pero su labor en Precious no es la de hacer reír. Como cual gran actriz de carácter, nos entrega un personaje repulsivo en su sinceridad retratando a un enorme segmento de la población afroamericana que llega a doler por su exactitud. Si los subtítulos fueran exactamente fieles en su traducción, créanme que la carga emotiva sería en un 50% mayor.
Con buen manejo de la historia (basada en la novela Push de la autora Sapphire) y una factura acorde con la producción, Precious, de Lee Daniels, es una cinta que estremece a muchos niveles, y que, a pesar de la época diegética, todavía nos muestra grandes problemas (educación, salud, sociedad) que aún no se encuentran solución y que veremos reflejados en nuestra propia idiosincrasia.
Absoluta y totalmente recomendada.

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Susie Salmon es una inquieta, amigable e inocente quinceañera que vive una hermosa relación con sus padres, su escuela y su vecindario. La época son la mitad de los ’70s y la vida parece idílica… hasta que es secuestrada y asesinada por el señor Harvey, un vecino en apariencias amable. pero a pesar de que ha muerto, y sus padres se desmoronan emocionalmente al no encontrar ni su cuerpo ni a su asesino, Susie se queda en un lugar paradisiaco, entre el Cielo y la Tierra, desde donde comprenderá que su misión es guiar a su padre hacia el causante de toda la desgracia.
Con Desde mi Cielo (The Lovely Bones, Peter Jackson vuelve al cine King Kong, con esta maravillosa historia cruce entre policial, drama y fantasía. Basando la historia en la novela homónima de Alice Sebold, Jackson intenta darle coherencia visual a un relato que claramente se divide en dos: el de Susie (una perfecta Saoirse Ronan) que a pesar de la dicha que siente en su Cielo perfecto, debe cumplir una misión más importante de lo que imagina; y el de su familia terrenal, donde su padre Jack (Mark Wahlberg) se empecina en resolver el crimen, a pesar de que su esposa Abigail (Rachel Weisz) no soportando la pérdida decide escapar, dejándolo solo con sus hijos.
Lamentablemente, ambas historias no logran su unión, y lo que se percibe como un acercamiento entre ambos mundos, sólo queda como un susurro apagado en toda la diégesis; una que se ve más y más imbuida en la grandilocuencia (muy bien merecida, en todo caso) de sus efectos especiales.
No todo lo que se lee en una novela puede ser llevado de forma íntegra al celuloide, y Desde mi Cielo debiera de servirle de lección a mi amigo Jackson, que en su pasado ha hecho maravillas junto a su equipo creativo (Phillipa Boyens y Fran Walsh); sin embargo, creo que esta vez los chicos de la Weta (su fábrica de efectos, una suerte de ILM kiwi) tuvieron la última palabra… o al menos eso se ve por sentado en el corte para la audiencia. Una lástima, ya que el talento de la joven Ronan, junto al inigualable personaje de la abuela Lynn, interpretada formidablemente (era que no) por Susan Sarandon, y la intensidad de un Stanley Tucci como el pérfido George Harvey hubieran prevenido la zozobra de tan anhelado filme.

Susie Salmon es una inquieta, amigable e inocente quinceañera que vive una hermosa relación con sus padres, su escuela y su vecindario. La época son la mitad de los ’70s y la vida parece idílica… hasta que es secuestrada y asesinada por el señor Harvey, un vecino en apariencias amable. pero a pesar de que ha muerto, y sus padres se desmoronan emocionalmente al no encontrar ni su cuerpo ni a su asesino, Susie se queda en un lugar paradisiaco, entre el Cielo y la Tierra, desde donde comprenderá que su misión es guiar a su padre hacia el causante de toda la desgracia.
Con Desde mi Cielo (The Lovely Bones, Peter Jackson vuelve al cine King Kong, con esta maravillosa historia cruce entre policial, drama y fantasía. Basando la historia en la novela homónima de Alice Sebold, Jackson intenta darle coherencia visual a un relato que claramente se divide en dos: el de Susie (una perfecta Saoirse Ronan) que a pesar de la dicha que siente en su Cielo perfecto, debe cumplir una misión más importante de lo que imagina; y el de su familia terrenal, donde su padre Jack (Mark Wahlberg) se empecina en resolver el crimen, a pesar de que su esposa Abigail (Rachel Weisz) no soportando la pérdida decide escapar, dejándolo solo con sus hijos.
Lamentablemente, ambas historias no logran su unión, y lo que se percibe como un acercamiento entre ambos mundos, sólo queda como un susurro apagado en toda la diégesis; una que se ve más y más imbuida en la grandilocuencia (muy bien merecida, en todo caso) de sus efectos especiales.
No todo lo que se lee en una novela puede ser llevado de forma íntegra al celuloide, y Desde mi Cielo debiera de servirle de lección a mi amigo Jackson, que en su pasado ha hecho maravillas junto a su equipo creativo (Phillipa Boyens y Fran Walsh); sin embargo, creo que esta vez los chicos de la Weta (su fábrica de efectos, una suerte de ILM kiwi) tuvieron la última palabra… o al menos eso se ve por sentado en el corte para la audiencia. Una lástima, ya que el talento de la joven Ronan, junto al inigualable personaje de la abuela Lynn, interpretada formidablemente (era que no) por Susan Sarandon, y la intensidad de un Stanley Tucci como el pérfido George Harvey hubieran prevenido la zozobra de tan anhelado filme.

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Hace unos días atrás se estrenó este remake de las andanzas de Lon Chaney como el Hombre Lobo original. Nada de mamonerías siúticas onda Luna Nueva, ni visiones pre-apocalípticas como Underworld. No. Ahora Benicio del Toro es el nuevo viejo Lon, ahora vuelve la leyenda original del Hombre Lobo, aquel donde realmente el hombre es el lobo del hombre.

La premisa es clásica, pero algo olvidada entre tanto peluche y romance. La cosa es bien simple: si un hombre lobo no mata a su víctima y sobrevive al ataque, cada luna llena esta se transformará en un licántropo asesino, el cual puede ser detenido por aquella persona que realmente lo ama… y una bala de plata.

Es así como, al enterarse de la muerte de su hermano Ben, Lawrence Talbot (Benicio del Toro) vuelve a su villa natal de Blackmoor encominado por la prometida del difunto, Gwen Conliffe (Emily Blunt). Una vez en la tenebrosa mansión se reencuentra con su padre Sir John Talbot (Anthony Hopkins) un anciano cada vez más despreocupado y alejado de todo sentimiento humanamente posible.

No obstante, al buscar pistas sobre el ataque sufrido por Ben, Lawrence es atacado por la bestia logrando sobrevivir… y la historia comienza.

Si bien este remake respeta la historia original, sobre todo en la génesis de la leyenda, notamos que la diégesis es sin duda alguna para nuestros tiempos, bastante previsible lo que le permite al espectador el develar el secreto guardado por la historia; sin embargo, el verdadero don de esta versión radica en la puesta en escena del conflicto, en la utilización fenomenal de las tinieblas y el recorte de las siluetas para el fin tenebroso del suspenso, y sobre todo, a la maravillosa transformación que sufre el protagonista a vista y paciencia de nuestros ojos.

El Hombre Lobo nos devuelve a la bestia de los clásicos horrores del cine en un camino que tuvo que tomar La Momia y que se desprende del legado que dejó Ford Copola con su Drácula de Bram Stocker.

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Nominada a 9 premios de la Academia, incluyendo Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Actor Principal, llega a las salas nacionales Vivir al Límite, filme bélico que indaga en las divagaciones de un especialista en desarme de bombas y la tensa relación con su equipo.

Kathryn Bigelow, cuyo último éxito comercial fue en 1991 con Point Break, nos trae la íntima historia del Sargento Williams James (un hasta ahora casi desconocido Jeremy Renner), uno de los más ávidos desactivadores de bombas durante la “guerra” en Irak, quien sólo encuentra un motivo para vivir en los inquietos instantes en que su equipo llega para asegurar el área y protegerlo de posibles francotiradores mientras él se dedica a intentar desarmar coches bomba, chalecos bomba y toda clase de enferma obsesión por hacer detonar el orden establecido, y a la vez, admirar el trabajo cada vez más descarnado de sus oponentes.

Es de esta forma que el equipo que llega a liderar no logra adaptarse a su forma de trabajo y ven cada día que pasa una oportunidad para que la muerte los lleve antes de volver a sus hogares. Y claro, ellos estaban acomodados al training de su otro líder (Guy Pierce) quien seguía cada protocolo para no exponer a peligros innecesarios a su equipo.

El gran acierto de Bigalow es centrarse en la tensa emocionalidad del trío de especialistas más allá de los sinos de la guerra, ni de los conflictos en enfrentamientos. Es más, los puntos más álgidos de la película se centran en la expectación del Sgto. Sanborn (Anthony Mackie) y del Sgto. Especialista Eldridge (Brian Geragthy) en aquellos tiempos muertos vigilantes.

Si bien, Vivir al Límite no expone grandes actuaciones, de aquellas memorables y largamente recordadas por sus líneas cliché, si nos encontramos con un reparto principal que denota una armonía al momento de aparecer en escena y que mantiene al crudeza de las situaciones.

La gran pregunta que se genera a partir del visionado es ¿hasta qué momento se puede bloquear el dolor para hacer bien el trabajo? The Hurt Locker (Vivir al Límite) no nos devela la interrogante ya que pertenece a cada quien el ver qué sacrificar por un buen trabajo o por una afición que te puede costar todo.

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Alguien se ha robado el rayo de Zeus y eso al colérico Olímpico le significa una sola cosa: la guerra de los tres reinos del aire, el mar y el submundo. Por eso se ha corrido el rumor de que Percy Jackson, el hijo adolescente de Poseidón, el Señor de los mares, es el ladrón y quien debe devolver el rayo en 14 días para evitar una hecatombe.

Es de esta forma que el joven Percy (Logan Lerman) comienza a ser perseguido por distintos monstruos de la mitología helena, a la vez que su verdadera naturaleza se le es develada. A lo largo de su aventura, Percy será acompañado por su sátiro amigo y protector Grover (Brandon T. Jackson), y por la aguerrida hija de Atenea, Annabeth (Alexandra Daddario) quienes lo ayudarán a encontrar al verdadero ladrón del Rayo y así evitar la catástrofe y de paso, conocer a su enigmático padre.

Percy Jackson y el Ladrón del Rayo es la versión fílmica de la primera novela escrita por Rick Riordan y que va en la carrera a ser el auténtico heredero del espacio que dejará vacante Harry Potter, una empresa nada simple si contamos con los éxitos de Potter tanto en la pantalla como en las librerías.

Lo positivo para Jackson es que se maneja en los mitos griegos, cuna imparable de las mejores historias de todos los tiempos, y lo más importante es que no se aleja demasiado de la realidad por primera vez unificada por Hesiodo. Así nos encontramos con la rivalidad de los hermanos Zeus (Sean bean), Poseidón (KevinMcKidd) y Hades (Steve Coogan); como también que el instructor del adolescente es nada menos que el mismo Quirón (Pierce Brosnan) quien enseñó también a Heracles.

Por lo mismo, Percy Jackson, a la vez de entretener se mantiene fiel sin insultar a su público, a la vez que ofrece una película bastante entretenida, ágil, dinámica, esperando un buen éxito en taquillas para poder filmar los otro cuatro libros de las aventuras del joven hijo del Olimpo.

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Mañana se estrena la última película dirigida por Clint Eastwood, y cuando hablamos de Eastwood, hablamos de un cine de calidad, de un cine hecho al más puro estilo clásico. Y esta vez, es para contarnos un pequeño capítulo en la historia de transición Sudafricana: el paso del apertheid al gobierno democrático de Nelson Mandela interpretado por nada menos que Morgan Freeman, quien ya figura candidato como mejor actor de los Oscars de este año.

La premisa narra las ansias de Mandela por unificar un país dividido por el color de la piel, dónde el odio racial germinaba por doquier… mas aún en el rugby, el deporte nacional de la minoría blanca.

Con el Mundial de Rugby a la vuelta de la esquina, y con la gran mayoría negra vitoreando la derrota de los Springboks, Mandela decide arengar al capitán del equipo François Piennar (Matt Damon) a ganar el torneo que sería disputado el año siguiente (1995) en Sudáfrica.

La película en sí sigue la artesanía flemática de Eastwood, en donde la historia pesa mucho más que el atractivo visual de la misma, pero nunca descuidando este último factor como piedra angular de su cinematografía. No obstante, Eastwood está acostumbrado a lidiar con espacios pequeños, más íntimos, así como la tragedia de sus personajes. Esta vez, sin embargo, era necesario fotografiar a toda una nación, y es ahí donde la cinematografía tiende a confundir al espectador y preguntarse realmente si el viejo Clint está detrás del lente. Es sin duda un gran desafío que fue superado por la notoriedad del momento histórico de Sudáfrica donde tuvo a todo el mundo atento a su desarrollo, al atractivo de la anécdota donde un presidente con casi todas de perder se atreve a mantener un símbolo de la opresión a sus otrora enemigos y carceleros en pro de la unidad; y gracias a la maravillosa interpretación de (una vez más) Morgan Freeman, quien ya ha sido Presidente de los EE.UU. y Dios en dos oportunidades, pero que el haber interpretado a Nelson Mandela, lo eleva al número uno.

Invictus es un imperdible de la buena factura cinematográfica.

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La cosa es que, en la mitad de sus 50, Jane (Meryl Streep) lo ha alcanzado todo para ser feliz y, de paso, olvidarse de su desastroso matrimonio con Jake (Alec Baldwin) con quien mantiene un saludable relación cada vez que se topan. La situación se torna algo rara cuando, durante la graduación de su hijo menor, y luego de una velada de cócteles, bailes y risas y mucho, mucho vino, Jane y Jake terminan acostados en New York, cosa que le da esperanzas a mi compadre. Jane pasa a ser la otra, la amante, pero en el camino conoce a un arquitecto, una buena persona, Adam (Steve Martin) con quien engancha.

Así es la nueva película de la escritora y directora Nancy Meyers, prolífica como pocos y con exitosos títulos a su haber como “Alguien tiene que ceder”, “El padre de la novia” y “Baby Boom”, entre otros que si continuamos encontraremos el común denominador de que la gran mayoría indaga en la problemática de la mujer en los tiempos actuales todo hilado con un fino sentido del humor que agrada y entretiene.

“Enamorándome de mi ex” es una comedia de equivocaciones clásica, donde todo la perfección dentro del universo se ve soslayada por una bola de nieve imposible de parar y que acarrea las situaciones más hilarantes en el camino, cosa evidente si tenemos una artesana del nivel de Meyers que sabe qué y cómo mostrar, si contamos con un tipo que ha re-formulado su carrera en la comedia como Alec Baldwin, si nos topamos con un genio del género como Steve Martin y, por sobre todo, si se puede disfrutar de la maestría y los años de circo de la formidable Meryl Streep.

Si algo le podemos reprochar al guión es la demora del personaje de Steve Martin, actor que siempre llena la pantalla con su carisma. No obstante, la película salva del escollo mediante escenas imborrables de la mente.

Absolutamente recomendable.

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