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Archive for 28 enero 2009

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Todo comienza cual cuento de hadas. Liv (Kate Hudson) y Emma (Anne Hathaway) se conocen desde siempre galla, y desde muy pequeñas sueñan con casarse en junio en el Plaza que es de lo más que hay niña por Dios. Pasan los años y, claro, las dos, regias como siempre, mantienen su amistad; ambas con novios y a punto de casarse. Obvio que no iban a dejar nada sin planificar, por lo que van donde la muy solicitada Marion St. Claire (Candice Bergen), la mejor organizadora de bodas de toda Manhattan. Pero que lata, porque debido a un enredo (¡mala pata! ¿por qué a mí?) las fechas que habían agendado (las dos separadas, porque obvio que una tiene que ser la madrina de la otra, por favor) se han convertido en LA fecha, por lo que una debe de ceder… pero ya no sería junio en el Plaza.

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Guerra de Novias nos trae en clave de comedia extrema todas las cosas que las chicas no quieren que suceda en el trascurso de la planificación de sus matrimonios. Así, en lo que es sólo un anecdotario, se va convirtiendo, del rosa tiernecillo del amigas para siempre, al rojo furioso de un más vale que te cuides, perra. Poco a poco la angelical Emma se irá transformando en una calculadora máquina de venganza, mientras que la ya analítica Liv desesperará en sus ansias de frustación.

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Las confabulaciones no paran a lo largo de la historia, y lo que parte como una relación algo lela, se va transformando en un campo de batalla por sobre todo rosa. Guerra de Novias cumple en su cometido, y va más allá al dedicarse con un medio happy ever after, algo que bien deja cierto gusto amargo por situaciones no del todo ahondadas, sino bien hasta el final (una mirada por aquí, una mirada por allá) y un par de personajes al que se le hubiera podido sacado un poco más de jugo. No obstante, la peli entretiene y saca una que otra carcajada no forsada (a pesar de haber sido el único hombre en la función). 

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Como buena comedia gringa, esta peli lo tiene todo o, mejor dicho, sus protagonistas lo tienen todo: son exitosas, no pasan por apuros económicos, tienen trabajo estable, viven el sueño americano, lo tienen todo y todo es perfecto. Claro que lo único que les frustra su felicidad es si no entran en el vestido o si el anillo de compromiso es lo sufiecientemente grande para que no se note pobreza, diríamos por estos lados.

Pero bueno, es el sueño de Hollywood y de todas esas pinturitas que “quieren sus dulces 16”, pero en clave novia… y menos yo, yo, yo.

Quejas aparte, no sé si sea una buena película para ir a ver en pareja, pero por otro lado no es Sex and the City, gracias al pulento.

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Mark Twain dijo una vez que la vida sería más simple si nacieramos de 80 años y de ahí ir rejuveneciendo. De esa frase fue que el escritor norteamericano F. Scott Fitzgerald escribió su cuento El Extraño Caso de Benjamin Button, la historia de un hombre que nace viejo y que, a medida que van pasando los años, va rejuveneciendo.

De esa premisa los guionistas Eric Roth y Robin Swicord desarrollaron la cinta que dirige David Fincher, quien por tercera vez, luego de Se7en y El Club de la Pelea, se une al talentoso Brad Pitt para contar esta historia del qué hacer con el tiempo que tenemos.

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Cuando finaliza la Primera Guerra Mundial, entre el jolgorio de Nueva Orleans, nace el pequeño Benjamin (Brad Pitt); pero su padre Thomas Button (Jason Flemyng) al verlo, y por la muerte de su esposa al dar a luz, toma al bebe y lo deja en las escalinatas de un hogar de ancianos, donde Queenie, la encargada, lo recoge y lo cría como suyo, apesar de  lo curioso de su caso.

Es entonces, en ese hogar, donde la muerte los visitaba periodicamente, que Benjamin creció no sabiendo si era un niño o un anciano pronto a morir. Pero cierto día conoce a Daisy (Cate Blanchett), una niña de siete años de edad, nieta de una de sus compañeras en el hogar. Nunca olvidando sus hermosos ojos, Benjamin comienza a comprender de a poco los misterios de la vida, lo que lo lleva a recorrer sus propios senderos, siempre acompañado de diversos personajes, y de vez en vez de la propia Daisy que nunca lo abandonará.

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El Curioso Caso de Benjamin Button es él estreno de este año. Es una película redonda como los ciclos de la vida misma, una vida en especial que acompañamos de la mano del extraño Benjamin Button, un hombre como cualquier otro, pero con la particularidad de ir hacia atrás… sólo en lo aparente. Y si nos damos cuenta, lo menos importante de este curioso caso, son las épocas por las que transita. No es como Forrest Gump que denota cada momento histórico con la presencia del protagonista. La historia a ese respecto es sólida porque le otorga la importancia crucial a la historia personal de los personajes, y no si tal o cual hecho histórico sucedió, o tal o cual personaje o gobernante hizo noticia.

Pero lo más notable en El Curioso Caso de Benjamin Botton es la ausencia de Fincher en un film de Fincher. Me explico. David Fincher es un director famoso por su estética oscura de temas sórdidos que rayan entre el thriller, el horror y algo de humor negro. Para lo que conocen un poco de sus películas es tan fácil de distingirlas como así las de M. Night Shyamalan. Pero en Benjamin Button sucede lo contrario: perdemos a Fincher, se vuelve complejo encontrar su sordidez, su oscuridad, su humor. No, Fincher no se ha ausentado, está, está en su película más límpida de su trayectoria. David Fincher no se mira al ombligo y abandona todo por la sobriedad de la historia, por el excelente trabajo que realiza con sus actores.

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Argumentar que El Curioso Caso de Benjamin Button es una obra nimia y aburrida es la razón del por qué el pop-corn es sagrado, del por qué cintas como Meet the Spartans tiene seguidores, del por qué no nos gusta enfrentarnos con nuestra realidad. Benjamin Button nos plantea un posible sendero en esta vida al intentar responder el qué hacer con lo que tenemos, con lo que somos, con lo que podemos llegar a ser más de lo que podemos llegar a poseer. “Me voy como llegué: solo y sin nada” se nos aclara al comienzo de esta magnífica obra; el como aprovechar el tiempo entre uno y otro extremos ya depende de nosotros.

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Siguiendo las características ya fundadas con éxito en la década de los ´70 de la mano de la rupturista (para la época y el género) The Texas Chain Saw Massacre (1974), el director de Los Extraños, Bryan Bertino erige su primer largometraje basándose en supuestos hechos reales. Claro que lo que le funcionó a Tobe Hooper y a Kim Henkel (guionistas y director de la bizarra historia de la familia de caníbales) en su momento, no logra motivar, a estas alturas, a una audiencia ya acostumbrada a lo explícito… es quizás por eso que el genio de Shyamalan es incomprendido… pero volvamos a lo nuestro.

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Los Extraños cuenta la historia de James Hoyt (Scott Speedman) y Kristen McKay (Liv Tyler), una pareja que, de vuelta de una boda, y tras un conflicto amoroso, viajan a la cabaña de la familia de James para pasar, lo que se supondría, un maravilloso fin de semana. Lamentable porque, al parecer, Kristen no ha aceptado el casarse con él. Razones no las sabemos, sólo somos partícipes de un tenso e incomodo momento. Pero no todo puede ser malo… siendo que puede ser peor: tres desconocidos enmascarados amenazan a la pareja. Ellos tampoco tienen motivos, no hay razón aparente; sólo el pavor de estar atrapados alejados de todo y en medio de un bosque fantasmal.

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Es lamentable, porque lo que el film intenta es tensar a la platea con los miedos más reales que nos podamos encontrar. No. Los Extraños se basa en el miedo a ser atacado en la propia casa, por dementes de verdad; acá no tenemos intrincados juegos de tortura, no tenemos un loco persiguiendo jovencitos cachondos con un machete y una máscara de hockey. Incluso lo más aterrador es la utilización de máscaras vintage tan preciosas para un fin tan abrumador (en este caso dejamos fuera al que se pone un saco de papas en la cabeza… me recordó demasiado al Espantapájaros de Batman).

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Bryan Bertino maneja las cadencias, mantiene el suspenso, es un maestro de los silencios. Pero se tropieza en su afán de captar la atención mediante el “basado en hechos reales”. Ya nadie se compra esa premisa. No obstante, eso es sólo parte del todo. A la película le sobran más menos diez minutos, diez minutos que se hubieran aprovechado en ahondar en la relación de las víctimas, pero manteniendo las razones afuera, que es el gran mérito de la película. Eso y el ver que los enmascarados se marcharan tal como llegaron: de la nada y en cualquier minuto.

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¿Existe cosa tal como la conciencia en un sicario? Esa es la pregunta que nos propone Escondidos, comedia negra/drama inglesa que trae la sorpresa del Globo de Oro para Colin Farrell gracias a su personaje, el un tanto descerebrado Ray. Y es esa la pregunta que nos asalta a lo largo de toda la proyección. ¿Existe tal cosa?

Quizás para Ken (Brendan Gleeson) o era importante en su juventud, pero pasados los años, junto al trajín de su oficio, lo hacen meditar acerca del asunto una vez que con Ray se instalan en la ciudad de Brujas, escondiéndose de un entuerto provocado por el inexperto de Ray en su primer trabajo. Ahora, la razón de un escondite tan alejado de su querida Inglaterra, los hace dudar del verdadero motivo de la elección de su jefe, el ante todo consecuente Harry (Ralph Fiennes). 

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Pero Brujas no es lo que Ray esperaba, ávido él de emociones y carrete. No obstante, sí lo es para el cadente Ken, quien se fascina ante cada rincón de la medieval ciudadela. Brujas, entonces, surge como el cuarto protagonista de este atípico filme de gangsters y asesinos a sueldo; y nos entrega la visión extrapolada de cada personaje de la historia. No deja de extrañar que haya sido elegida en vez de Bruselas u otra ciudad de Bélgica, ya que uno de los pueblos más cívicos vive en sus murallas edificadas después de siglos de salvajismo y dolor. Brujas es la mezcla perfecta entre la barbarie del pasado (como lo es Ray) y lo lógico y filosófico del presente (así como Ken).

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Ahora, no se equivoquen, ya que si bien el afiche la anuncia como una comedia inglesa, podemos advertir que de comedia tiene tan poco, como de drama posee al final. Su humor es netamente negro, sin llegar a ser insolente, sino más bien inteligente y sarcástico… algo extraño en nuestros días: una comedia inteligente carente de humor burdo y coprolálico. No señores, cada palabra está bien pensada. Cada tiro de cámara está analizado. En Escondidos nada es porque sí.

El plus para aquellos amantes del llamado cine arte, se encontrarán con la agradable buena de que se intenta homenajear a aquellos sesudos cineasta que pregonaban lo onírico en sus obras con la aparición del equipo de filmación de una película de tales características. Y es también de esta manera, un tanto surreal, que la espera de Ken y Ray se vuelve.

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Extraños personajes circundarán a los protagonistas. El enano Jimmy (Jordan Prentice), actor de la película onírica, y con sus propios fantasmas de soledad e intolerancia; la inquietante Chloë (Clémence Poésy), una chica extrema pero calmada que enamora a Ray.

Pero Ken se mantiene con su pasado oscuro y con su presente contemplativo. ¿Posee conciencia un sicario? ¿Serán posibles las segundas oportunidades? 

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Cuando se habla de Baz Luhrmann se suele hacer alusión a sus películas donde la coreografía y la impecabilidad de la imagen son la norma por sobre todo lo demás, pero, debo agregar, nunca más ni menos importante que la emoción que desencadena su espectáculo. Por lo tanto, tenía mis aprensiones al asistir al visionado deAustralia, dado que nunca me gustó Romeo + Julieta, y por esa razón, nunca he querido ver Moulin Rouge!… es que me cargan los musicales, debo confesar.

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Pero, queridos lectores, me he llevado una grata sorpresa. A pesar de que el pintoresco Luhrmann comienza su película con ciertas inclinaciones a la perfección espacial y a unos gráficos extratextuales bastante fuera de lugar, lentamente Australia se iría transformando en una experiencia grata y digerible, esto es, sin tanto cotillón ni serpentinas. Pero no olvidemos que se trata de un espectáculo.

Y así tenemos que Lady Sarah Ashley (Nicole Kidman) viaja al mal llamado “continente” australiano para hacerle frente a su esposo, un aristócrata Inglés que ha decidido hacer fortuna “allá abajo”, manteniendo una decadente hacienda. Sarah piensa que el caballero en cuestión la está engañando, por lo que de inmediato parte, del pequeño poblado de Darwin, hacia los distantes terrenos que posee. Claro que el viaje no la hace sola, sino en compañía del hombre de confianza de su esposo, un tal Drover (Hugh Jackman) un paria entre los blancos por su constante apoyo a los aborígenes.

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Pero las cosas no eran como parecían. Su esposo acaba de ser muerto, al parecer por un aborigen llamado King George (David Gulpilil), y la hacienda es más un gallinero que nada. Pero entre la mala fortuna, las pésimas decisiones, las desilusiones y las confabulaciones (la peli lo tiene todo) aparece un dejo de esperanza en el pequeño Nullah (Brandon Walters), un niño mestizo que dice ser un pequeño brujo que promete ayudar a la Señora.

Es entonces en que la aventura comienza de la mano de la espectacularidad del show que monta Luhrmann

Fue un verdadero placer el ver que por fin una cinta de la talla de Australia, del tipo de películas que la Academia suele amar, se preocupa de mantener, entre romance y acción, un dejo de la problemática que asoló a los aborígenes australianos desde la llegada de los conquistadores caucásicos. Y que, dicho sea de paso, el pequeño Nullah se roba la película.

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La cinta, de algo más de dos horas de duración, intenta tocar todos los tópicos posibles, y eso es en donde decae. En el trailer oficial se le da más importancia al bombardeo sobre Darwin, siendo que eso es sólo un dato histórico que poco ayuda a la diégesis, a no ser que lo que quisiera hacer el director, o mejor dicho, como lo hizo, el aletargar el sufrimiento de sus personajes.

Con las actuaciones de David Wenham y Bryan Brown como los malvados Neil Fletcher y King Carney, Australia es una película entretenida que intenta ser algo más que fuegos de artificios, y que a ratos lo logra. Podemos decir que es un buen apólogo que se aprovecha de los conocimientos ancestrales de los aborígenes para otorgar enseñanzas ultra tratadas en el cine.

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La última vez que vimos a los hermanos Coen fue en la tediosa, pero efectiva (gracias a Javier Bardem como el despiadado ChigurhNo Country for Old Men. Sé de antemano que por dicho comentario me valdré del odio de muchos, sobre todo de aquellos que todavía piensan que la inercia cinematográfica es el equivalente a lo que llaman arte. Pero todavía no prendan las hogueras, oh cazadores de brujas, que los Coen han regresado.

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En la mejor tradición de su elenco coral y de vuelta a la temática investigadores y bandidos, estos geniales hermanos hornean su historia siempre basándose en sus personajes pánfilos e ignorantes. Pasteles, en una palabra.

Al contable de la CIA Osbourne Cox (John Malkovic) lo echan de su trabajo porque dicen que tiene un problema con la bebida. Su esposa Katie (Tilda Swinton), una frígida mujer de negocios le importa más mantener su estátus que el devenir del torpe Ozzie. No por nada tiene de amante al fanfarrón y mentiroso de Harry Pfarrer (George Clooney) a quien le gusta hablar acerca de cómo nunca ha disparado su arma en sus años de servicio, ya que hay que tomarse las cosas con calma. Claro que Harry es un sexópata que engaña a su mujer cuando quiere. Es así como conoce a Linda Litzke (Frances McDormand), una de las relacionadoras públicas de un pequeño gimnasio de barrio. Linda no está feliz con su aspecto (los años se comienzan a notar), pero su aseguradora no le da el vamos para las múltiples cirugías que se quiere hacer. Pero su mejor amigo, el pelele de Chad Feldheimer (Brad Pitt) encuentra un CD con valiosa información de la CIA (cree él) y junto a Linda deciden extorsionar al terco de Osbourne Cox.

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Con un guión muy bien armado, con los diálogos inteligentemente hilarantes que los Coen nos saben dar, más unas actuaciones realmente formidables, Quémese Después de Leerse, nos trae de vuelta la magistral artesanía que ya disfrutamos en cintas ya clásicas como Oh Hermano, ¿Dónde Estás? y en Fargo.

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Equivocaciones, estupidez y mucho humor negro nos trae este último título de los Coen, quienes vuelven a escribir, producir y dirigir sus películas.

Quémese Después de Leerse es de esas pocas películas que por un módico precio puedes ver renombrados intérpretes, buenas actuaciones y unos directores de lujo.

Ahora, una vez pasados los primeros cinco minutos se darán cuenta que se encontrarán con personajes que no son para nada los arquetipos del heroísmo de Hollywood, ni mucho menos sesudos confabuladores de complejas artimañas. No. En Quémese Después de Leerse estaremos frente a frente con lo más decadente del ser humano; o como reza la frase de promoción: la inteligencia es relativa.

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