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Archive for 25 noviembre 2008

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Canadá, 1954. Ralph Walker (Adam Butcher) es un chico de 15 años tan autónomo como listo que vive solo en casa mientras que su madre, quien padece una muy grave enfermedad, está hospitalizada; asiste todos los días al colegio católico, y su curiosidad lo lleva de problema en problema, hasta que, a modo de castigo, lo obligan a formar parte del equipo de cross-country. Su madre cae en coma y, según los doctores, sólo un milagro podrá despertarla. Un milagro, la palabra clave.

Es así como Ralph se interesa por el tema de los acontecimientos inexplicables y desea ponerse a prueba para otorgarle ese milagro a su madre. La tarea, correr el maratón de Boston. El problema: Ralph no tiene pasta de santo (pasa pensando en las cuestiones carnales propias de su edad) aun cuando su objetivo sea el más loable. Es así como Ralph se aventura en la drástica vida de estos personajes, a la vez que, a regañadientes, el joven Padre George Hibbert (un ex maratonista seguidor de Nietzche), interpretado por Campbell Scott,  decide entrenarlo.

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Saint Ralph, película Canadiense de 2005, es todo lo que una típica película gringa de auto superación posee, excepto por el buen tratamiento de la historia, la picardía intrínseca del protagonista, los sacerdotes y el humor, por sobre todo, inteligente. Es así como esta peli se acerca más a la artesanía Inglesa que a la manufactura pirotécnica Hollywoodense. Y en lo que más denota esta brecha es en la actitud del protagonista, quien lo tiene todo, menos dinero y una familia constituida (su padre murió en la Segunda Guerra Mundial), cosa que dista de los estereotipos gringos en lo que para surgir se necesita de mucho dinero y un arrojo dispuesto a despellejar al otro.

Entonces, Saint Ralph, no nos habla de milagros, sino de los pasos que damos para llegar orgullosos a un objetivo… si es que lo logramos. Ahora bien, al final lo importante es el intentarlo, el mojarse las patitas.

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Claro que un camino (claramente el del héroe) como el que seguirá Ralph para lograr su cometido, no está exento de obstáculos ni de enemigos. Pero lo más importante en la premisa es que dichas brechas están tratadas con el humor lógico de la situación, en la que el blanco y el negro no existen. Así apreciamos que dentro de todo lo extricto que puede ser el Padre Fitzpatrick (Gordon Pinsent), en contexto con la época de la diégesis, todo el aplomo de sus extremas desiciones no las hace en detrimento del osado alumno.

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Saint Ralph no es una película que critique los dogmas de la religión católica, como menos de la actitud de sus fieles; sólo se aferra a ella como ayuda para narrar la historia de un chico utópico que no se deja amilanar por las opiniones de los cansados adultos que ya no creen en los sueños, o en los milagros.

Buena película, entretenida, ágil e inspiradora (¡lo podemos lograr!). Vale la pena dejar lo balazos de lado y reirse cada cinco minutos con esta película que nos llega tarde, pero en buenahora.

Otros plus son la actuación de Jennifer Tilly como la comprensiva enfermera Alice, para nada erótica como es su costumbre, y las alusiones a Nietzche (“The chinesse guy?”, “No, the philosopher guy.”), los comunistas y los cristianos. Imperdible.

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Este jueves llega el que quizás es el estreno más esperado para un sector importante de cineadictos, ya que al fin llega a la pantalla grande la versión fílmica del videojuego Max Payne.

Pues bien, comencemos. No soy adicto a las consolas, ni siquiera he jugado en una, y el juego de Max Payne lo conocía sólo de renombre, y nunca me interesó el prestarme frente al televisor o el monitor y pasarme gran parte del día aparentando ser alguien más (a no ser que ese alguien fuera un cazador de zombies y monstruos varios, que son mi debilidad). Entonces, cuando supe que la historia de vendetta del detective Payne iba a ser llevada al cien, no pude menos rememorar el fiasco de Doom. Okay, nuevamente el vanal acto de aferrarse a un éxito de ventas para explotar el débil acto de creatividad de los guinistas y, de paso, reventar las taquillas con algo conocido y esperado. Es decir, un mero ejercicio para engalonar el film con expresiones tipo “make my day”.

Por fortuna, cuan errado estaba.

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Como muchos saben, Max Payne (Mark Wahlberg) es un detective destrozado por el cruel asesinato de su esposa e hijo, y tratando de descifrar la cruel matanza, aparentemente sin motivo alguno, Payne, una vez un ético oficial, comienza a utilizar métodos menos ortodoxos para sacar información. Es así como los superiores lo relevan al departamento de casos sin resolver, donde su carrera profesional se estanca, no así su motivo para seguir viviendo. Es por eso que después de su hora de trabajo, Max recorre las calles buscando al autor de su desgracia.

Comprenderán que el personaje no es un  héroe, pero tampoco llega a ser como el Punisher de Tom Jane, sino algo dejado al medio. No sé, quizás por exigencia del mismo Wahlberg, un esmerado padre de familia  que se avergüenza de su pasado hip-hopero. No obstante, la noche, el invierno y la decadencia de la ciudad nos recuerda a ciertos pasajes de Se7ven, pero en clave under y glam (¿se entiende?).

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Max Payne es un viaje de venganza, decepciones, nuevos tratos y mucha accióntruncados quizás por un evidente desenlace típico en este tipo de películas que a la mitad de la narración ya te armaste el cuento completo y ya le quieres gritar al anti-héroe ¡cuidado en quien confías! Es que, en verdad, hay que poseer un cuarto de hemisferio para no cachar quien está invlucrado en todo.

Y es esa la única falencia del guión. Lo demás se mantiene al ritmo de las balas y las represalias contra el lumpen de N.Y., ya que a diferencia de la adaptaciones de cómics en las que los creativos guinistas intentan ocupar todo lo que la historia, a lo largo de los años, ha entregado a sus ávidos seguidores, en el caso de las adaptaciones de los videojuegos, la fórmula es inversamente proporcional, ya que los guinistas se esmeran en rellenar los huecos que la premisa básica deja.

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A la larga, Max Payne es un film de esos que quizás defraude sólo a los más acérrimos de sus fanáticos, ya que la acción, los personajes, los decorados, la velocidad están perfectamente pensadas no para creerse Max Payne, sino para acompañarlo en su misión y ver realizar su anhelada venganza.

John Moore se esmera en darle forma a esta película sacada directamente de la consola. Wahlberg le da vida a un creible Payne. Nos encontramos con la sorpresa de que la nueva amiga del protagonista es nada menos que Mila Kunis (la insoportable Jackie Burkhart de That 70’s Show) como Mona Sax, una bella mafiosa rusa que acompaña a Max porque también quiere vengar la muerte de su hermana Natasha Sax (Olga Kurylenko, de Quantum of Solace). Un realmente dispensable Chris “Ludacris” Bridges como el detective Jim Bravura que entraq muy tarde a la acción; la actuación de Chris O’Donnell como Jason Colvin, un personaje que nunca tuvo que haber estado, y Beau Bridges como el ex policia y mentor de Payne, B.B. Hensley.

En suma, Max Payne es una peli para pasar un buen rato y no esperar por una secuela.

Ojo con la aparición de Nelly Furtado como la viuda del asesinado ex compañero de Max.

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Vuelve James Bond, el agente doble cero de la MI6, a recorrer el mundo con glamour mientras desvatara al mismo de los peores criminales de la actualidad (de la actualidad de la película, claro está).

Y vuelve Daniel Craig, el quizás más odiado Bond después de Timothy Dalton. No obstante, Craig llegó para quedarse, como bien lo demostró en Casino Royale, su primera aparición como el espía al servicio de Su Majestad.

Y con Craig se viene el lado humano del playboy de Bond, que sigue siendo un playboy, pero que ahora toma conciencia (aunque no lo acepta) de sus acciones, un nuevo espía en rodaje que intenta ocultar su silenciosa brutalidad tras esa expresión de puñete. Ya no es el flemático y machista Connery (el mejor de todos), ni el transitorio Lazenby; ya no es el british moderno de Moore, ni el gracioso de Dalton; mucho menos el un tanto gay Brosnan. En pocas palabras, Bond vuelve a ser Bond, o el Bond que tiene que ser para este nuevo siglo.

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Como una continuación de Casino Royale, Quantum of Solace narra las visicitudes de James Bond al intentar descubrir el porqué del engaño de su amada Vesper Lynd (Eva Green, en definitiva la mejor chica Bond). Como es natural, sus investigaciones lo llevan hasta una red casi imperceptible que opera en todo el mundo y en todos los niveles, algo en demasía peligroso para el statu quo según M (Judi Dench), quien le ordena a Bond el evitar comprometer sus sentimientos.  Afortunadamente James se niega a ir contra la corriente y se enfrenta derecho al choque.

En el camino se topa con la bella Camille (Olga Kurylenko) que sólo vive para cumplir su venganza, y que esa ruta lo dirige a su misma meta… con una pequeñísima bifurcación en el libreto.

Reaparece Mathis (Giancarlo Giannini), el doble agente que no lo era y que Bond mandó a torturar, pero que en esta ocasión le ayuda a su otrora verdugo a modo de expiación del mundo del espionaje. Por su parte, la interesante Strawberry Fields (Gemma Arterton) le da el breve toque sensual a la película, antes de toparse finalmente, frente a frente, con el villano de turno: Dominic Greene (Mathieu Amalric).

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Como decía anteriormente, este Bond es el del siglo XXI, sin objeción, y la triada de guionistas Robert Wade, Paul Haggis y Neal Purvis nos narran su genésis tal como lo hiciera Christopher Nolan con su Batman Begins, ya que hoy por hoy no importa lo flamante que se vea el agente, qué artefacto nuevo usará, ni a qué bizarro villano se enfrentará. Lo que interesa en este nuevo mundo de Bond, no es el glamour de sus disparos, sino el dolor de los mismos.

Claro que una película Bond nunca dejará de ser majestuosamente pirotécnica, pero se acerca más a la realidad que las películas primigenias de Connery y Moore. Y ojo, que si de villanos se trata, ya no tenemos a un satánico Doctor urdiendo una hecatombre maliciosamente planificada, ni siquiera arcanos marxistas del otro lado del mundo (el no libre). No, señores. Desde ahora los malulos no ostentarán lo bizarro por fuera, sino que muy en su interior; y sus armas no serán ojicas termo diseñadas, sino que algo mucho más primitivo… la codicia. Bond toca la tierra, y sus enemigos también.

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En suma, Quantum of Solace es tan apetecible y vertiginosa como la primera misión de Bond en Casino Royale. Eso sí, los ardiles son más básicos ya que son guiados por la codicia, la lujuria y el poderm, pero eso no deja fuera que, para poder atrapar a los villanos, Bond no deba de continuar viajando alrededor del mundo, de forma elegante, nunca alojando en pensiones, y sirviendose el mejor de los Martini… aunque esta vez, quizás por el tanto correr, una deliciosa y helada cerveza, ¿qué tal te quedó el ojo, Sean?

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